En la actualidad la polarización de riqueza tiende a configurar sociedades en las que si bien no desaparece pierde importancia la relación entre explotador y explotado (dialéctica propia del capitalismo productivo: no hay explotador sin explotado), pues se polariza ahora prioritariamente entre incluido y excluido (que no es dialéctica, porque el incluido no necesita del excluido), propia del capitalismo financiero que somete y condiciona al productivo. La concentración de riqueza, tanto en los países sede de corporaciones o post-soberanos, ocupan una posición geopolítica subordinada donde es más notorio y tiende a configurar sociedades según un modelo excluyente, con un 30% de incluidos y el resto estructuralmente excluidos o descartables a los que se les desconoce la condición de personas y su correspondiente dignidad, tanto humanas como no humanas (naturaleza). El poder político de origen democrático se está transfiriendo a los gerentes de corporaciones y multinacionales, que son los actuales tomadores de decisiones, de las que tampoco pueden liberarse los gobiernos débiles de países como el nuestro sedes de éstas, que pasaron a ser Estados po st-soberanos, porque sus políticos no responden a la voluntad de sus votantes, sino a los límites impuestos por los organismos crediticios funcionales a las corporaciones. Incluso cuando quieren responder a la voluntad de sus votantes, lo hacen en la estrecha medida al ir asumiendo el rol de empresarios y banqueros morales de la contemporaneidad para elegir gobiernos obedientes a sus intereses corporativos.

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